martes, 3 de agosto de 2021

El veraneo de antaño en Sevilla

 De cómo veraneaban nuestros antepasados de la capital de Andalucía, curioso es decir algo, pues detalles son estos que pintan las costumbres de épocas cuyo conocimiento nunca deja de ofrecer interés. Hablaré, pues, de aquellos benditos tiempos en que nadie salía de viaje y en que la vida carecía de todas las necesidades y comodidades de hoy.

Escriben algunos autores que don Fernando el Católico solía decir: los veranos se han de tener en Sevilla y los inviernos en Burgos; y es de suponer que esto sólo lo diría, en lo que respecta á nuestra ciudad, refiriéndose á las comodidades de las antiguas casas con sus patios, sus fuentes y sus pisos bajos, porque en otro respecto no creemos que dijera ninguna gran cosa su alteza.

La vida moderna ha modificado la fisonomía de Sevilla, que ya ha perdido hace tiempo, en parte, aquel aspecto de población moruna, en donde las casas estaban construídas con toda seguridad y atención para el interior, y donde las calles estrechas y tortuosas, las lóbregas travesías y los pesados arcos prestaban frescura y sombra á los cansados transeuntes en los día caniculares.

Del verano sevillano en el siglo XVI consignó Morgado algunas noticias que no dejan de ser interesantes, y que me parece de propósito citar aquí:

«Los patios de las casasdice—(que en casi todos los hay) tienen los suelos de ladrillo raspado. Y entre la gente más curiosa, de azulejos con sus pilares de mármol. Ponen gran cuidado en lavarlos y tenerlos siempre muy limpios, que con esto y con las velas que les ponen por alto no hay entrada de sol ni el calor del verano, mayormente por el regalo y frescura de las muchas fuentes de pie de agua de los caños de Carmona, que hay por muchas de las casas enmedio de los patios.»

Y más adelante, hablando de las costumbres veraniegas de Sevilla y de la saludable que de bañarse tenían sus habitantes, apunta el mismo Morgado las siguientes líneas:

«Usan (las mujeres) mucho de los baños, como quiera que hay en Sevilla dos casas de ellos. Los unos en la collación de San Ildefonso, junto á su iglesia, y los otros en la collación de San Juan de la Palma, que han permanecido en esta ciudad desde el tiempo de los moros...No pueden entrar los hombres en estos baños entre día por ser tiempo diputado solamente para las mujeres, ni por consiguiente mujer ninguna siendo de noche, que los hombres la tienen toda por suya con la misma franqueza que las mujeres tienen el día por suyo...»

No se olvidó el autor de darnos algunos detalles de cómo estaban las casas de baños en aquellos días de 1587, en que escribía, y así añadió lo siguiente:


«
A las grandes salas donde se bañan salen sus caños que corren de agua caliente y también fría. Con lo cual, y cierto ungüento que se da, refrescan y limpian sus cuerpos sin que se extrañe en Sevilla el irse á bañar unas y otras damas cuando no quieren ir disimuladas, por ser este uso en ellas de tiempo inmemorial.»

La casa de baños de San Ildefonso existió hasta 1762, época en que ya habían desaparecido las otras dos que también pertenecían á la época árabe y que estaban situada la primera en la hoy calle de Aposentadores en San Juan de la Palma, y la segunda en el lugar que ocupa la capilla de Jesús en la calle Marqués de Tablantes, antes de los Baños.

Si los establecimientos para remojarse los sevillanos tenían, pues, verdadera importancia, no era menor la que tenían las vallas y cajones que de antiguo se colocaban en el río y los cuales constituían una de las mayores distracciones de nuestros paisanos en los meses caniculares.


De antiguo cuidaron las autoridades de la ciudad del buen orden y gobierno de estos baños del Guadalquivir, dando multitud de providencias, bandos y edictos para evitar abusos, y así en los escritos publicados por el cabildo se hacía constar que: « Aunque no es de esperar que la gente de juicio falte á unas reglas que aspiran á su propia seguridad y á que se observe el mejor orden de honestidad y decencia... como hay personas que por satisfacer sus caprichos, sus vicios ó diversiones no perdonan medio alguno, aunque sea peligroso para conseguirlo, se castigará á éstas por la más ligera contravención.»

Los cajones y vallas se situaban en los Humeros, en la Macarena y la Barqueta, al pie del puente de barcas, delante del colegio de San Telmo y en la orilla de Triana, frente al convento de los Remedios.

En el siglo XVIII y principios del XIX, estaban designadas con toda claridad las horas para remojarse los dos sexos, haciéndolo las mujeres «desde la madrugada hasta las once de la mañana, los hombres hasta el toque de oraciones, dejando los baños enteramente desocupados para que entraran las mujeres hasta las diez de la noche.»


No son pocos los autores que trataron en diferentes ocasiones de la decidida afición de los sevillanos al baño, y entre ellos recordaré que Agustín de Rojas escribía estas líneas el siglo XVII:

« ¿Y aquella limpieza de los baños?

— Esa es una de las cosas más peregrinas que tiene.

— Mujer conozco yo en Sevilla que todos los sábados por la mañana ha de ir al baño, aunque se hunda de agua el cielo.

— Por eso se dijo: la que del baño viene hace lo que quiere.

— Dicen que para cuando salen del baño acostumbran á llevar... una botella con vino que es el mejor manto para aguantar el frío.»

Si los sevillanos eran en lo antiguo dados al baño, no lo eran menos al hielo, del cual se hacía un extraordinario consumo en la ciudad, que poseía en Constantina gran número de pozos de nieve, suficientes para atender al consumo público, y á más de esto no faltaban asentistas que por su cuenta traían el hielo de otros puntos y que realizaban, por lo general, un buen negocio, como se desprende de las noticias que he recogido respecto á un tal Esteban Monparler, una Teresa Vilches y un Francisco Candor, que surtieron á Sevilla por largos años del siglo XVII y XVIII de hielo en las estaciones veraniegas.


    

Vendíase por los neveros á cinco cuartos la libra de nieve, y á juzgar por todos los indicios, aquellos sevillanos de antaño sentían más necesidad que los actuales del consumo del hielo, y así no solamente el vino, los refrescos y otras bebidas las helaban, sino también las frutas, las confituras y otros diversos comestibles.

Hasta el siglo XVII no se generalizó en Sevilla el uso del hielo, pues en el XVI todavía no estaba extendida esta afición por la nieve y las bebidas frías, como pasaba en otros puntos, y así se deduce de las palabras que el médico sevillano Nicolás Monardes consignaba en su libro sobre el uso de la nieve, publicado en 1571.

«Una cosa me maravilla mucho: que siendo esta ciudad de Sevilla una de las más insignes del mundo, en la cual siempre ha habido muchos grandes y señores y caballeros muy principales y mucha gente noble, que no haya habido nieve, etc., etc.»

Las veladas que con motivo de las festividades de determinados santos se celebraban en los diversos barrios y arrabales de la ciudad constituían una de las mejores distracciones del veraneo, siendo famosas entre otras las de San Antonio, las de San Juan y San Pedro, las de Santa Ana y Santiago, la de los Ángeles, la Virgen de los Reyes, San Roque, San Bernardo, San Bartolomé, San Agustín y los Terceros.



Cada una de estas veladas tenía su fisonomía característica y en casi ninguna de ellas faltaba su procesión y rosario, arcos de follaje, fuegos de artificio y mucho de baile, cantos, buñuelos y dulces, sin que escaseasen tampoco las broncas y los alborotos para dar más colorido al cuadro.

La gente pacífica y grave, las personas sosegadas y de buenas costumbres, huían de estos regocijos, y así, después de la comida y después de la indispensable siesta, cuando ya el sol comenzaba á ocultarse, salían de sus casas, limitando su distracción á pasearse por el Arenal, la Alameda ó la Barqueta, donde no podía faltarles su ratito de descanso en algún puesto de agua de los más acreditados, y en el cual, por lo general, se formaba á la misma hora su poquito de tertulia,

Allí los señores consumían su vaso de horchata ó de agua con anises y sus gotas de nitro y al toque de Oraciones se retiraban con igual parsimonia y tranquilidad á sus casas hasta el día siguiente en que había de repetirse idéntico ejercicio.

Los sevillanos de antaño, que eran gente de posibles, y á quienes no bastaba el freco de sus patios entoldados y sus habitaciones del piso bajo, solían trasladarse á muchas de las fincas ó casas de placer que había en los alrededores de la ciudad, particularmente próximas á la orilla del río, y en donde, libres de cuidados y con todo sosiego, comían, rezaban, dormían y tomaban el fresco, respirando aire libre y desembarazado, que les fortificaba el cuerpo y el espíritu.

Otros, por lo general, gente joven y alegre, tampoco dejaban de salir fuera de la población en busca de agradables brisas. Por las tardes y á las primeras horas de la noche, siempre se veían grupos de ellos y de ellas que dejando atrás las puertas de la ciudad se dirigían a los melonares.

Allí se pasaban ratos muy deliciosos, pues nunca faltaba entre raja y raja de melón su poquito de baile y cante, desatándose las lenguas y reinando la algazara y el regocijo.



En las hermosas noches de luna de Agosto, bajo un cielo estrellado, respirando el aire puro del campo, ¡qué gratas resultaban aquellas fiestas de los melonares, y qué grato el regreso con las primeras luces del día, navegando en ligeras barquillas que surcaban las aguas del río tranquilas y serenas y rizadas apenas por las brisas del amanecer...!

Casa sevillana en verano sin gazpacho, sin talla para el agua fresca, no la había, y lo mismo el rico que el pobre consumían gran cantidad del clásico plato andaluz y tenían en lugar preferente el tallero, donde las alcarrazas limpias y rezumantes conservaban el agua como la propia nieve.

Costumbres y usos del verano antiguo sevillano han desaparecido en mucho; únicamente queda el calor sofocante y abrumador, el sol de fuego que abrasa y del que protestan los que no salen á veranear, como seguramente protestarían nuestros padres y abuelos.




jueves, 23 de julio de 2020

“Las tapadas”

 "Las tapadas", en Cosas nuevas y viejas.1

Costumbre muy arraigada era en las mujeres españolas en los siglos XVI y XVII salir a la calle cubiertas con mantos, y de las más afectas a ese uso fueron las damas de Andalucía, y particularmente las sevillanas, que en esto de ir tapados los rostros como en otros varios hábitos que tenían, veíanse claros los restos de costumbres mahometanas de lejanos días que no habían podido desechar, dado que aunque ellas no quisieran, algo de sangre moruna por sus venas corría.

                                                 Iglesia de San Marcos

Era el manto en las mujeres de Sevilla prenda de gran estima e imprescindible en multitud de ocasiones, aún para las de más elevada posición (…): “Usan (las sevillanas) vestidos muy redondos, se precian de andar muy derechas y menudo el paso, y así las hace el buen donaire y gallardía por todo el reino, en especial por la gracia con que lozanean y se tapan los rostros con los mantos y mirar de un ojo, y en especial se precian de muy olorosas, etcétera, etcétera”.

Prenda muy apropósito era el tupido manto para las aventuras y galanteos (…) y con harta frecuencia los autores de aquellos tiempos se lamentaban de los lances a que el uso de tal prenda daba lugar y en los cuales había con frecuencia tajos y cuchilladas de galanes rivales o de burlados esposos o amantes.

      Pilón de agua que existía frente al Hospital de las Cinco LLagas, hoy Parlamento de Andalucía 

Fundándose, pues, en graves razones que se tuvieron muy en cuenta, las Cortes celebradas en 1586 prohibieron que las mujeres fuesen tapadas por los inconvenientes que de esto resultaba, más como quiera que tal prohibición poco o nada llegó a cumplirse, Felipe II dio una pragmática en igual sentido en 1594 y Felipe III otra en 1614, que dicho sea de paso y aunque contrariara a los monarcas y a sus justicias, no consiguieron desterrar el uso del manto, ni mucho menos, en los dominios españoles.


Pragmáticas de Felipe II (1594)
En Sevilla, por ejemplo, fueron en vano las amonestaciones de los Asistentes de la ciudad y las predicaciones de no pocos frailes, que tomando muy a pecho esto de que las damas no lucieran sus lindos rostros por calles y plazas, llamaron al manto 
arma de Satanás, cubierta del pecado, etc., amenazando con el enojo de la divinidad y hasta con las eternas penas de los profundos infiernos.
Así las cosas subió al trono el rey Felipe IV, y aunque ya se sabe que este monarca fue muy dado a aventuras y que su reinado es el de las comedias de tapadas embozados, tantas fueron las quejas que recibió y tantas las representaciones que los cabildos de algunas ciudades le hicieron, que el 12 de abril de 1639 dio una pragmática con toda la fuerza de ley votada en Cortes, la cual era de no poco rigor y llevaba el propósito de conseguir de una vez por medio del temor a las penas, la completa desaparición de prenda tan cara para el sexo bello como lo era el manto.(…)

Grande disgusto tuvieron las damas hispalenses al conocer el documento, habiendo muchas a quienes no les asustó ni lo de la multa de los veinte mil maravedís, ni lo de la pérdida del manto, y se presentaron envueltas en él por las calles, en las iglesias y en los corrales de La Montería y en el Coliseo.


     Puerta y Corral de la Montería en los Reales Alcáceres de Sevilla, actualmente Puerta del León.

De aquí surgieron no pocos lances, y aunque algunas mujeres alegaban, para excusarse de cumplir la pragmática, los privilegios o fueros que gozaban su padre y marido, viendo que tampoco este recurso les daba resultado, y que las gentes de la justicia no andaban tardías en las denuncias, en más de una ocasión excitaban a sus deudos y allegados para que buscasen medios e influencias con que dejar de cumplir lo ordenado por el rey.

Pero durante algún tiempo nada pudieron conseguir las sevillanas a favor de su prenda tan estimada, dándose el caso de que no pocas se excusaban de salir con la frecuencia que antes lo hacían, por no hacerlo en cuerpo y con el rostro descubierto (…).

Pero campaña que la mujer emprende tarde o temprano la gana, y así sucedió entonces, que a cabo de algún tiempo la pragmática quedó sin cumplimiento y volvieron a verse por las tortuosas calles de Sevilla y a todas horas, lo mismo que antes, las misteriosas tapadas, cebo de galanes, y que eran nota tan característica en la España de aquellos tiempos.


1El relato que ahora traemos pertenece a Cosas nuevas y viejas, libro de Chaves Rey editado en 1904 y reeditado en 1990 por Caja San Fernando de Sevilla y del que hemos eliminado algunos párrafos por no entretener la narración y que consideramos prescindibles, pero a los que siempre podrá acudir el lector interesado. 


Os aconsejo entrar en el enlace que os adjunto que es una delicia de investigación e información:

EL CORRAL DE LA MONTERÍA DE SEVILLA. RECONSTRUCCIÓN VIRTUAL DEL EDIFICIO ESCÉNICO Y DE SU DISPOSITIVO ESCÉNICO. 

Grupo de Investigación Teatro del Siglo de Oro.  (Bolaños-De los Reyes-Palacios-Ruesga) Revista APUNTES DEL ALCÁZAR DE SEVILLA Nº 17 (2016) Páginas: 8 a 29

https://www.alcazarsevilla.org/publicaciones/apuntes-del-alcazar-17/






domingo, 10 de mayo de 2020

Una aventura

                    “En vano, dueña, es callar 
                                  ni hacerme señas que no:
                                  he resuelto que si yo,
                                  y os tengo de acompañar;
                                  y he de saber dónde vais,
                                  y si sois hermosa o fea,
                                  quien sois, y cómo os llamáis
                                  y aún cuanto imposible sea”
                                                  ESPRONCEDA


El suceso que nos mueve a tomar la pluma no es de aquellos que ocupan un lugar más o menos importante en los anales de Sevilla; pero a pesar del silencio que sobre él guardan las historias, bien creemos hacer en sacarlo a luz, pues no nos merece duda su autenticidad. He aquí el caso como lo hemos oído a personas respetables, que de igual modo lo oyeron referir a sus padres y abuelos. En los primeros años del siglo XVII era muy conocido en Sevilla y estimado por personas de todas las clases sociales un joven de gallarda presencia, de esmerada educación y de pingües rentas, llamado D. Álvaro González de Aguilar, oriundo de una ilustre familia granadina, y nacido y educado en la capital de Andalucía. Hombre mozo de ardiente sangre, y sin el freno de respetables personas, llevaba D. Álvaro una vida alegre y bien poco ordenada, tomando siempre muy principal parte en todos aquellos lances y aventuras de los que esperaba sacar algún provecho, sin que le hiciera desistir de ello el mayor o menor riesgo que se exponía a correr por llevarlos a cabo.
Nuestro joven era gran adorador del sexo bello, y no por cierto de los platónicos; que de haber sido de éstos más de una vez hubiérase librado de graves compromisos que en distintas ocasiones le estrecharon, y de los que había logrado salir por su destreza y valentía unas veces, y otras por sus auríferos doblones, que D. Álvaro prodigaba cuando era caso como hombre generoso y conocedor de los corazones femeninos.
González de Aguilar no era ciertamente un calavera provocador, corrompido y vicioso; sus excesos no llegaban a vergonzosas degradaciones; solamente en ocasión muy rara daba alimento a las murmuraciones con sus aventuras, que dicho sea en verdad, ni a la honra de su casa ofendían, ni al nombre que llevaba imprimían mengua.
Una noche de principios de otoño de 1605 vagaba D. Álvaro por los intrincados y sombríos callejones del barrio de Santa Cruz sin rumbo fijo, muy embozado en su amplia capa, con el sombrero hacia los ojos y con la imaginación abstraída en muchos y varios pensamientos.

Era la noche aquella en que rondaba el joven noche de luna clara, merced a la cual podían distinguirse los lugares que recorría; pues en lo tocante a alumbrado artificial no había por allí ni siquiera la socorrida lamparilla de un retablo, que pudiera servir de guía al extraviado caminante por aquellas tenebrosidades. 


Cuando más abstraído parecía el apuesto joven en sus pensamientos, oyó lejanos pasos que avanzaban en dirección igual a la suya; como pudiera apreciar ser aquéllos por lo breves y menudos pasos de mujer, activó los suyos D. Álvaro hasta colocarse cerca de la persona que a tan desusada hora recorría sitios tan poco frecuentados. Era ésta, como supuso, una dama; pero tan envuelta iba en su negro manto, y con tal destreza se recataba el rostro, que era imposible distinguir sus facciones, pudiendo asegurarse sólo que su cuerpo era esbelto y su andar gallardo y airoso.
Siempre ha sido el barrio de Santa Cruz, como ya hemos dicho en otro lugar, uno de los más a propósito de Sevilla para aventuras y lances de todas especies; y si hoy todavía tienen fama aquellas callejas por lo sombrías, misteriosas y solitarias, calcúlese el lector lo que serían en la época del suceso que vamos a referir.

Acercóse González de Aguilar a la desconocida, no tardando en dirigirle algunas frases galantes, que no obtuvieron contestación alguna, con lo cual acrecentose la curiosidad del galanteador y nació en su pecho vivo deseo de dar digno remate a la que ya consideraba como feliz aventura. 

Siguió la tapada sin detenerse ni precipitar el paso, y siguió el joven cerca de ella, apurando todos los recursos de su ingenio para poderla hacer hablar, cosa que le fue imposible conseguir en muy largo espacio de tiempo, notando él con cierta extrañeza que la dama tampoco debía llevar dirección fija en su marcha, pues con frecuencia volvía a la misma calleja por donde antes había pasado, rodeaba una manzana de edificios para salir al mismo lugar, o cruzaba una plazuela para internarse de nuevo en otra travesía lóbrega que ya tenía recorrida.
Pasaba así el tiempo, y D. Álvaro comenzaba a desesperarse; todas las casas estaban cerradas, el silencio era absoluto, y el frío de la noche comenzaba a molestar al galanteador impenitente. De pronto lo dama se detuvo, volviose hacia Gonzalo de Aguilar, y con voz firme y tono misterioso le dijo:
— Estáis dispuesto a seguirme mucho tiempo?
—Si no os es enojosa mi compañía, —contestó D. Álvaro—estaré cerca de vos toda la noche.

—Decidido estáis, caballero—replicó la tapada; y apartando el manto de su rostro, dejó ver a la luz de la luna una cara hermosa y joven, de facciones correctas y sensuales, en la que se destacaban dos grandes ojos, negrísimos y brillantes, sombreados de largas pestañas. 



Pronto comprendió nuestro galán que su conquista no era una de tantas busconas como le salían al paso muchas noches; y al contemplar las perfecciones de aquel rostro, las redondas curvas que bajo los pliegues de aquel manto se adivinaban, y aquel elevado seno aprisionado en ajustado corpiño, no pudo menos, a fuer de perfecto amador, que aumentar sus palabras galantes y en extremo expresivas.
Guardó la hermosa silenció mientras D. Álvaro expresaba con la mayor vehemencia sus amorosos pensamientos, y cuando pareció haber terminado le dijo:
—Si vuestras palabras son verdaderas, seguidme, que no os pesará haberme acompañado por estas soledades. 
Un momento después los dos personajes se ponían en marcha; pero entonces iban muy juntos y hablaban en voz muy baja. Algunas calles más recorrieron con lentos pasos, con los brazos enlazados y la mayor satisfacción por parte del caballero, llegando a salir por último a una calleja, formada la acera derecha por una larga tapia de los jardines del Alcázar y la izquierda por algunas casuchas de pobre aspecto. Esta calleja, perteneciente a la antigua Aljamia de los judíos, se llama hoy Muro del Agua, y apenas ha sufrido alteración alguna desde la época del suceso que vamos relatando.
Cuando la rendida pareja llegó a aquel lugar, ella sacó de entre los pliegues del manto una llave, y abriendo con ella una puertecilla baja y estrecha, formada toscamente en el muro, invitó a entrar a D. Álvaro.

El mancebo se encontró en una habitación de regulares dimensiones y modesto mobiliario, alumbrada por un colosal velón puesto sobre una mesa de pino. Había también en aquella estancia un arca vieja, algunas sillas, y en el fondo, revueltas sin cuidado alguno, las ropas de un lecho.
D. Álvaro se despojó de su capa y tomó asiento, preparándose a pasar un rato en extremo agradable; había tomado ya gran confianza con la hermosa dama, y no tardó en entablarse entre los dos un amenísimo diálogo, donde abundaron las frases galantes por parte del mancebo y las palabras tiernas por la de la dama, cuyos pudores y escrúpulos estaban vencidos en toda línea.
Al poco tiempo, por indicaciones de González de Aguilar, la hermosa se dispuso á salir, pues viniéronle deseos a él de apurar algún vaso de vino que le alegrase en la amorosa velada, y ella asegurole que en una casa próxima había un amigo que se prestaría a darlo de la mejor gana.

Salió la bella, y cuando D. Álvaro quedó solo comenzó a pasear la habitación, y fijándose en las ropas del lecho, que en un rincón yacían, tiró de un lienzo blanco que parecía tapar alguna cosa, y al instante retrocedió espantado, lanzando un grito indefinible. Bajo aquellas ropas había descubierto una cosa horrorosa: el cuerpo de una persona, cubierto de sangre y mutilado con la mayor crueldad. El caballero, con los ojos desmesuradamente abiertos, el cabello erizado y descompuesto el rostro, tuvo aún fuerzas para recoger el velón y aplicar la luz a aquel rincón de la sala. Era el cuerpo de un hombre joven, tenía la cabeza separada del tronco, tronchadas las piernas y cortadas ambas manos por las muñecas. La luz cayó de sus manos, y quedó a oscuras. D. Álvaro buscó á tientas la puerta, presa del mayor terror, y cuál no sería su angustia al notar que estaba cerrada por fuera. Entonces, y haciendo un supremo esfuerzo, trató de abrirla con desesperación, valiéndose de sus manos, dando porrazos con sus pies, y procurando, por último, hacer saltar la cerradura con la punta de su espada.



Este recurso extremo le proporcionó el placer de encontrarse en la calle, después de haber sufrido los minutos más terribles de su vida; pero cuando se consideraba libre y comenzaba a retirarse con precipitados e inciertos pasos de aquel sitio, vio de pronto aparecer cerca de él dos embozados con las espadas desnudas, que, acompañados de la dama, se disponían a acometerle. D. Álvaro se volvió hacia atrás, y sacando fuerzas de flaquezas emprendió la más rápida carrera que le fue posible, internándose entre los revueltos callejones, donde merced a las tinieblas pudo escaparse de la persecución de que era objeto.
Cuando estuvo ya solo, no pudo resistir por más tiempo las impresiones que había recibido, y cayó al suelo sin conocimiento. 




Al volver en sí era ya día claro, y unos vecinos de la plaza de D. Elvira lo habían encontrado al amanecer, y suponiendo por su tipo y porte que era persona distinguida, lo recogieron, prodigándole toda clase de cuidados. D. Álvaro refirió a todos lo que le había acontecido; diose parte a la justicia, y cuando ésta se presentó en la casa no encontró ni el mutilado cadáver ni la más leve señal de que allí hubiese habido alguien recientemente. La accesoria estaba vacía y desalquilada desde mucho tiempo antes, no siendo posible, a pesar de cuantas diligencias se practicaron, descubrir nada de aquel crimen, que quedó envuelto como otros tantos en el misterio, así como sus tenebrosos autores.

sábado, 28 de marzo de 2020

Los rosales de Mañara

"Rosales que, cuando al soplo
de los céfiros gemían,
para Mañara decían
tenues frases de dolor:
cada rosal recordaba
tristemente a su memoria
amarga y llorada historia
de algún pecado de amor."
                          CANO Y CUETO
                                                                                                                   

Buscando asunto para escribir uno de nuestros trabajos, hemos dado con un detalle curioso, que quizá pase inadvertido para muchos de los que visitan el edificio de la Caridad, situado desde su fundación en el lugar que hoy ocupa, próximo a la orilla del río, y a la izquierda de la antigua y casi derruída torre de la Plata.
Conocidas y apreciadas son de todos las muchas riquezas artísticas que este hospital y su capilla encierran; los cuadros inimitables de Murillo y Valdés que adornan sus paredes; las esculturas de Roldán, Simón y Ramos que se hallan en sus altares; los objetos de culto que se guardan en su sacristía; los muchos varones notables que allí están enterrados; y, por último, conocidos son también los laudables y caritativos servicios que a diario presta esta benéfica institución, cuyas reglas se aprobaron en 1578, siendo más tarde reformadas por aquel caballero sevillano, D. Miguel de Mañara, que después de una juventud tormentosa se retiró a una vida consagrada a hacer el bien de los pobres y a socorrer a los desvalidos

El edificio de la Caridad es uno de los que en Sevilla conservan más carácter de otros tiempos, y su iglesia, sus galerías y patios puede decirse que apenas han sufrido alteración alguna desde la muerte del fundador, ocurrida en el mes de Mayo del año 1679.


A la terminación del corredor de uno de los patios existe un jardín, en el cual suele llamar la atención del que visita por primera vez la casa un espeso muro, sobre el que alzan sus ramas ocho rosales, cuyas flores, que son muchas en primavera, embalsaman el aire puro que allí se respira.
Encuéntrase en el citado muro una pequeña lápida, y en ella puede leerse la siguiente inscripción: «Ocho plantas de rosal con sus macetas, traídas a esta santa casa por el ilustre fundador, el venerable siervo de Dios D. Miguel de Mañara Vicentelo de Leca, Caballero de la orden de Calatrava, en 1674, conservadas en todo su vigor, y dando fruto todos los años en su propia fuerza, como resulta del reconocimiento judicial que en 1749 se hizo de ellos por los jueces del proceso informativo (folios 1292 a 1297) y permanecieron hasta el día en el mismo estado. Se colocaron en este lugar el año 1802.»
Estos ocho rosales tienen una agradable vista, y a pesar del tiempo trascurrido desde que se plantaron llaman actualmente la atención por su lozanía, más aún que la llamaban cuando se colocó a principios del siglo presente la lápida que acabamos de copiar.
Sevilla, que tantas y tantas tradiciones cuenta, no podía dejar de tener algunas sobre estos rosales, y no solamente tiene una, sino varias; pero nosotros nos limitaremos a relatar la más admitida, según hasta nuestros oídos ha llegado.
Cuéntase que, después de fundado el hospital de la Caridad, D. Miguel de Mañara, que acostumbraba a pasarse la mayor parte del día ejerciendo obras meritorias, cuidando del buen orden y gobierno de la casa y recogiendo limosnas para los enfermos, se entregaba varios ratos en su celda a profundas meditaciones y fervorosos rezos, así como a la lectura de libros piadosos que fortalecieran su espíritu y alejaran su imaginación de toda idea pecaminosa.



A veces, sin embargo, acudían a la mente del caballero algunos recuerdos de sus años juveniles, cuando era su existencia nada pacífica ni sosegada, cuando seguía con empeño galantes aventuras, y cuando llevaba a efecto, en compañía de alegres camaradas, tantas empresas en las que ponía a prueba su valor, su travesura o su agudo ingenio.
Entre los recuerdos del pasado borrascoso alzábanse en la mente de D. Miguel las figuras de varias mujeres a quienes había amado, y a las cuales, por haberle quizá correspondido en demasía, había hecho derramar muchas lagrimas.

Estas sombras que llegaban a turbar las meditaciones del entonces piadoso caballero acongojaron más de una vez su espíritu; y cierta noche en que vagaba por el jardín del hospital, sentóse en un banco, y habiéndole acometido profundo sueño, vio en él a ocho damas cuyos rostros guardaban perfecta semejanza con otras tantas que había galanteado, y las cuales traían en las manos ocho rosas, que regaban con el llanto que de sus ojos caía.
Se dice que en memoria de aquel sueño, y a manera de homenaje a las infelices amadas del caballero, plantó éste en el jardín los ocho rosales que aún se conservan, y los cuales cuidaba en vida don Miguel con solícito esmero, pues diariamente cortaba sus hojas, arreglaba sus ramas, poníalos al sol cuando lo habían de menester, y los regaba, sin que consintiera nunca que nadie, sino él, llevase a cabo estas operaciones.
Después de muerto Mañara, la hermandad de la Caridad siguió cuidando aquellas flores a que tanto cariño tuvo el fundador; y cuentan también las tradiciones que en las noches de estío veíanse por el jardín ocho sombras vestidas con blancos trajes, sueltos los cabellos y con los rostros pálidos, que permanecían hasta el amanecer velando aquellos ocho rosales, cada uno de los cuales representaba a una de las amadas del caballero.


Como ya hemos dicho más arriba, a principios de siglo las macetas fueron trasladadas al lugar que hoy ocupan, y donde puede aún verlas el que por primera vez visite el hospital de la Caridad.






sábado, 29 de febrero de 2020

El sermón de las Mancebías

    

La calle de la Laguna, que por sus hermosos edificios, su esmerada limpieza y su rectitud y anchura es una de las mejores calles de nuestra ciudad, edificose a mediados del siglo XVII en el lugar donde desde muy antiguo tuvieron sus viviendas las mozas del partido, que se hallaban entonces separadas del resto de la población en aquel barrio, conocido con el nombre de barrio de las Mancebías1.




Formábanlo éste multitud de casuchas desiguales y de horrible aspecto, y para entrar en él había que traspasar un arquillo situado al final de la calle de Atocha.
En aquel barrio existía una laguna de pestilentes aguas, que allí afluían de diversos sitios, y a esto se debió que la calle tomase el nombre que aún lleva.
Muy crecido era a la verdad el número de las distraídas mozas que en las mancebías habitaban y, a fin de tenerlas a raya, el Ayuntamiento costeaba un personal bastante numeroso que de continuo las vigilase y examinara, dando también con frecuencia sabias órdenes encaminadas a contener los excesos y abusos de aquellas mujeres que por tan malos caminos iban.
No satisfecho con esto, y a fin de atraer a las ninfas por la mejor senda, el Cabildo nombraba un alguacil que las llevaba los domingos a oír misa, haciéndolas confesar y comulgar en la iglesia de San Francisco cuando era llegado el tiempo de Cuaresma; y por si aún no era suficiente, todos los años se celebraba en la misma mancebía una función religiosa, acerca de la cual hemos leído detalles muy curiosos y que tal vez desconocerán nuestros lectores.
Celebrábase esta fiesta de las rameras el día 22 de Julio2, revistiendo caracteres de grande solemnidad, a la que contribuía mucho el Ayuntamiento, y aun algunas personas ricas y devotas.
Alzábase en el centro de una calle de la Mancebía cierta cruz de hierro que descansaba en un ancho pedestal con gradas, y ante esta cruz colocábase un púlpito, desde el cual algún fraile anciano y que reuniese buenas dotes oratorias pronunciaba un larguísimo sermón dirigido a las Aspasias y Proserpinas.
Éstas, a quienes se obligaba a abandonar sus tugurios, rodeaban al predicador guardando la mejor compostura que podían, y escuchando con el mayor silencio las palabras del fraile, empeñado en convencerlas de lo que las mozas no se querían convencer.
A este sermón no faltaban nunca los señores del Cabildo municipal, y algunos caballeros de la nobleza, quienes solían colocarse en largos bancos que en lugar señalado se situaban.



Daba principio la fiesta religiosa al mediodía, y cuando el orador sagrado bajaba del púlpito, después de agotar todos sus razonamientos y amenazas con las ninfas, éstas oían una arenga de los individuos encargados de vigilarlas, y terminaba el acto con una detenida inspección del burdel y de sus moradoras.
«Pero no siempre—escribe el médico Pizarro en un curioso folleto—las predicaciones daban su fruto, pues algunos mal intencionados hallaban modo de turbarlas con escenas inconvenientes, ora ocultándose de antemano en la Mancebía, ora penetrando por un portillo que existía cerca de la laguna...»
Los días de fiesta iban a los lupanares algunos sacerdotes, quienes pronunciaban de tugurio en tugurio pláticas religiosas encaminadas a salvar a aquellas almas pecadoras empedernidas.
Las mozas, que no eran muy aficionadas a recibir tales visitas, para excusarse de ellas, comenzaron a salir de la Mancebía, estableciéndose en aquellos puntos de la ciudad donde creían estar más tranquilas para dedicarse a sus negocios, y de aquí resultó que el barrio fue quedando desierto de sus antiguas moradoras.
Por los años 1640 empezaron los derribos de aquellos lupanares, construyéndose algún tiempo después la hermosa calle de la Laguna, y desapareciendo para siempre el inmundo barrio de las Mancebías.

Marcado en amarillo la zona de las mancebías, 
sobre una recreación del mapa de Olavide (1771)


1. Para obtener información sobre las Mancebías se puede recurrir a la documentada página  

2. Día en el que la Iglesia celebra la conversión de María Magdalena.

lunes, 27 de enero de 2020

El Conde Negro

«Negro tan estimado y de buen concepto, que
  comúnmente le llamaban El Conde Negroy fue
  mayoral y juez entre ellos...”
                                                                                                                             GONZÁLEZ DE LEÓN


Existe en Sevilla, y en el barrio de San Roque, una calle abandonada y sucia, de feísimos edificios, habitados por los descendientes de aquellos Repolidos y Maniferros de que habla Cervantes, la cual lleva el nombre que encabeza estas líneas en memoria de un singular personaje que allí tuvo su residencia a fines del siglo XV.
Escriben puntuales cronistas que era muy general en Sevilla en aquel tiempo la venta de esclavos negros, los cuales para su servicio tomaban los principales señores, y a esto se debía el que se encontrasen en nuestra ciudad muchos negros, que solían juntarse los días festivos por los alrededores de la puerta del Osario en compañía de sus mujeres e hijos, celebrando con la mayor fruición bailes y tertulias al aire libre, según sus usos y costumbres eran.




No se molestaba aquí a los negros como en otras poblaciones sucedía; antes al contrario tratábaseles con mucha benignidad, y el arzobispo don Gonzalo de Mena, que tuvo por ellos gran simpatía, les facilitó medios para que formasen una hermandad, que salía en procesión con sus imágenes el Viernes Santo, siendo también protegidos por el Cardenal Solís y otros personajes de influencia y categoría.
Solían casi siempre los negros corresponder a los favores y mercedes que les dispensaban mostrándose humildes y poco molestos; y para que entendiera en asuntos y pleitos de poca monta nombraron los Reyes Católicos en 1475 a un individuo de la misma raza, que es de quien voy a ocuparme. Fue éste un negro llamado Juan de Valladolid, hombre de templado carácter, de edad madura, y que había seguido a la Corte en gloriosas jornadas dando pruebas de valor y singular tacto, que fueron apreciadas por los Monarcas, quienes en cédula de 8 de Noviembre del citado año de 1475 le decían:
Por los buenos e leales servicios que nos habéis fecho y facéis cada día, porque conocemos vuestra suficiencia y habilidad y disposición, facemos vos mayoral e juez de todos los negros e loros1 libres o captivos que están o son captivos e horros2 en la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla e en todo su Arzobispado, e que no pueden facer ni fagan los dichos negros y negras, loros y loras, ninguna fiesta nin de entre ellos, salvo ante vos Juan de Valladolid… y mandamos que vos conozcáis de los debates y casamientos y otras cosas que juzgado entre ellos hubiese, e non otro alguno, por cuanto sois: persona suficiente para ello, o quien vuestro poder hubiere, y sabéis las leyes y ordenanzas que deben tener, e nos somos informados que sois de linaje noble entre los dichos negros.»
Tomó posesión del cargo Juan de Valladolid y estableció su residencia en una casa de la calle de Santa Cecilia, que es la misma que hoy tiene el título del Conde Negro, pues así fue conocido.
No resultaron desmentidas por los hechos las palabras que en su cédula dedicaban los Reyes Católicos a Juan de Valladolid, pues éste, obrando con singular astucia, y ajustándose a la más puntual justicia, desempeñó su empleo con toda satisfacción y demostrando palpablemente las buenas dotes que poseía.




Pocas son las noticias biográficas que del Conde Negro se han conservado hasta nuestros días, ignorándose con exactitud la fecha de su muerte, que se supone ocurrida en los comienzos del siglo XVI, sin que tampoco se sepa el lugar donde recibió sepultura, y otras circunstancias particulares que de seguro ofrecerían gran interés ahora.
Cuenta la tradición que la casa donde vivió Juan de Valladolid era entonces de gran amplitud y buen aspecto y corresponde a la señalada más tarde con el número 30, la cual conservó largos años en cierto hueco de su fachada una cabeza de barro que se tenía por auténtico retrato del famoso Mayoral de los negros.
En este edificio tenía el honorario Conde su tribunal, ante el que concurrían a diario multitud de negros y negras a ventilar sus cuestiones y a resolver sus disputas, las cuales era oídas con gran calma y flema por Juan de Valladolid, quien, representando con toda gravedad su importante papel, después de escuchadas ambas partes, solía dirigir una larga arenga a los que litigaban, condenando luego allí mismo a aquellos que lo merecían.
Varias anécdotas conozco del Mayoral y juez de los negros, así como algunos actos de justicia por él practicados, que corren todavía en boca de las gentes, las cuales suelen atribuirlos a otros personajes que nada tienen que ver con Juan de Valladolid. Presidía éste todos los domingos los festejos que sus gobernados celebraban en las afueras de la puerta de Carmona, y para ello se colocaba en un estrado, desde el cual daba las órdenes oportunas y que creía más convenientes para el buen orden de los bailes, de los coros, de las máscaras o de la diversión que se estuviera celebrando.
Célebre fue Juan de Valladolid y célebre es también la calle donde tuvo su residencia, en la cual, como dije al principio, se han refugiado los descendientes de aquellos originales tipos que tanto renombre dieron en otros siglos a la Macarena, a la Costanilla y a la Morería.


Recreación del Plano de  Olavide de la ciudad de Sevilla (1771)

1 mulatos

2 libertos





martes, 31 de diciembre de 2019

El horno de las brujas



Son sin duda espíritus vaporosos que engendra la tierra,
 como los produce también el agua. ¿Por dónde habrán desaparecido?
 
 Shakespeare




La calle que hoy tiene el nombre del eximio poeta y sabio genealogista D. Gonzalo Argote de Molina era en lo antiguo una de las calles más irregulares de la población, en la que existieron, entre algunos buenos edificios, varias casuchas que servían de guarida a gente de fama nada envidiable y de costumbres no muy dignas de imitarse.
Cuenta la tradición que en una de estas casuchas, la más sucia y abandonada de todas, habitaba a fines del siglo XV cierta anciana a quien tenía el vulgo por mujer sobrenatural y extraordinaria, con sus puntos y ribetes de hechicería.
Era la vieja de miserable aspecto y de horrible catadura, muy dada a la confección de filtros y brebajes, echadora de cartas, adivina de lo porvenir y muy amiga de todas las hembras de su calaña, con quienes solía reunirse por las noches, entregándose a ceremonias misteriosas que daban mucho que hablar a los vecinos del barrio. Tenía la bruja un hijo, sabe Dios de quién, mocetón zafio y descreído, espadachín y pendenciero, que le ayudaba en sus ridículas faenas, y el cual promovía con frecuencia grandes escándalos siempre que al amanecer llegaba a acostarse, acompañado de mujerzuelas y gente de la heria1, entre quienes pasaba una vida ociosa y degradada.
Sucedió una noche, que llegando solo por casualidad y embriagado a su casucha, halló la puerta tan cerrada que por más golpes que dio en ella no consiguió que le abriesen, pues la madre y las demás brujas que con ella estaban entonces en un sótano, embebidas con sus prácticas de hechicería, ni oyeron los aldabonazos ni los gritos y juramentos del mocetón.



Aburrido éste, y no pudiendo apenas 
tenerse en pie, efecto del mucho mosto que se había echado al coleto, a falta de otro lugar más a propósito donde pasar el resto de la noche, que era fría y desagradable, metióse en un gran horno que en el muro exterior había, y que por la mañana solía encender la vieja para que fuesen a cocer el pan los vecinos, que por tal servicio pagábanle algunos maravedíes, cuya cantidad no precisa la tradición.
No bien entró el zafio en el horno, acometióle un profundo sueño, quedando tan dormido, que después de salir el sol continuaba roncando sobre los ladrillos cual pudiera hacerlo en una cama de blandas plumas.
Y sucedió después, que llegada la hora en que la horrible bruja solía encender el fuego, cuando estaba aventando los secos troncos, oyó gritos pidiendo socorro, y al conocer por la voz que quien los daba no era otro sino su propio hijo, desesperada de no poder salvarle, y después de inútiles esfuerzos, cayó al suelo de rodillas, con las manos cruzadas y rezando a toda prisa cuantas oraciones le vinieron a la memoria.
Acudieron algunas personas al lugar del suceso, sin que ninguna pudiera contener las llamas, que rápidamente habían adquirido las mayores proporciones, haciendo ver a los que quisieron verlo que aquello no era otra cosa que un providencial castigo a las impiedades del hijo y a las hechicerías de la madre.
Pero he aquí que cuando más apurada era la situación, cuando nadie podía acercarse al horno por la intensidad del fuego, que amenazaba destruir el edificio, acertó a pasar la calle un fraile de la orden de San Francisco, llamado Fr. Diego de Alcalá, varón muy respetado del vulgo y a quien se le atribuían algunos milagros.



Comprendió el regular que aquella desgracia podía arreglarse, y compadecido de los lamentos de la vieja y de los ayes del zafio, corrió con premura a rezar un par de Salves a la Virgen de la Antigua, y lo mismo fue hacerlo al llegar a la Catedral, se apagaron las llamas instantáneamente, saliendo en seguida el muchacho del horno sin la más leve quemadura.
Ante el milagro, la anciana abandonó sus brebajes, sus filtros y sus brujerías, haciéndose ferviente devota, y el mozo tomó la buena senda, llegando a ser con el tiempo prior de un convento de franciscanos en Granada.
Esta es la tradición que dio origen a que la calle que tiene hoy el nombre ilustre de Argote de Molina se llamase durante muchísimos años calle del Horno de las brujas; si bien no me es desconocido el origen que otros autores le atribuyen con buenas pruebas, asegurando que allí vivieron dos hermanas que tenían un horno donde fabricaban tortas al estilo del pueblo de Brujas.


1 Conjunto de bribones.


PÁGINAS SEVILLANAS Manuel Chaves Rey.

"La Buñolera"

  Ya no se ve con frecuencia, ciertamente; ya sólo muy de tarde en tarde aparece este tipo ante nuestros ojos, que antaño era indispensable ...